El futurismo ancestral (versión esp.)
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- 12 jul
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Actualizado: 27 jul
Sol Bailey Barker plantea la escultura como una forma de trazar los vínculos frágiles y cambiantes entre el cuerpo humano y el mundo natural. Sus formas, enraizadas en el mito y la materia, abren un espacio contemplativo donde la naturaleza aparece no como un fondo, sino como una presencia activa y viva.
Sol Bailey Barker explora para Intervalo la imagen escultórica como umbral vivo entre la materia, el mito y el pensamiento ecológico. Mediante formas totémicas, memoria ancestral y la poética de lo inacabado, reflexiona como la escultura puede reabrir nuestra relación con la naturaleza y situar al espectador como una presencia activa en el sentido de la obra. Una meditación en la meditación, pertenencia y el tránsito cambiante entre pasado, presente y futuro.

Apertura y ecología
Tu trabajo reflexiona sobre la relación entre el ser humano y el mundo natural. ¿Cómo surge ese interés en tu práctica?
Mi fascinación por ello antecede a mi práctica artística. Ha formado parte de mi vida desde la infancia. Comenzó en el norte de Gales, donde vivía en el Parque Nacional de Snowdonia. Nunca me he sentido un ser aparte de la naturaleza. Mis primeros recuerdos son observaciones de plantas e insectos interactuando. Levantaba las rocas y examinaba las complejas redes que había debajo (canales, cámaras, almacenes…), para después dejarlas tal y como las había encontrado. Nunca me he considerado en posición de superioridad respecto al mundo natural, sino parte de él, y este sentimiento jamás me ha abandonado. Recibí mi primer cincel a los tres años y con él empecé a esculpir pequeñas esculturas de madera, imitando formas que veía a mi alrededor en el mundo natural. A los seis ya era capaz de crear pequeñas estatuillas de animales que los representaban con fidelidad. Mis abuelos aún conservan algunas.
En tu obra se cruzan materia, naturaleza y percepción. ¿Qué crees que puede activar hoy el arte en torno a nuestra conciencia ecológica?
En el reino de la pan-sentiencia, los límites establecidos entre los seres comienzan a disolverse. Nos adentramos en una exploración contemplativa de la inteligencia que no solo habita en humanos y animales, sino que abarca todo el reino botánico y se extiende más allá. Un profundo tapiz de interconexión despliega una sinfonía de relaciones simbióticos, una mente-colmena que hemos dado en llamar “Wood Wide Web”.
Nuestra incapacidad para reconocer esta inteligencia se debe a eso que es denominado “plant blindness”: un prejuicio arraigado en un pensamiento sesgado que se niega a aceptar la cognición no-humana. Este punto de vista se remontaría a Aristóteles, quien dividió el mundo natural en “plantas inactivas” y “animales activos”. Además, está el Novum Organum de Francis Bacon, publicado en 1620, y donde este proponía un giro fundamental en el propósito de la ciencia: apartarse de la filosofía puramente contemplativa para ir hacia un aproximación activa y práctica en la que la naturaleza reciba órdenes y utilizada para beneficio de la condición humana. Se creó así una falsa jerarquía que no ha cesado de reforzarse y que ha proporcionado una coartada moral para nuestro abuso del mundo viviente y nos ha abocado hacia la era que actualmente denominamos “Antropoceno”.
El animismo ofrece otra forma de ver. Nos permite percibir todas las cosas como sentientes, vivas y trascendentes. Entretanto, la física nos libera de la ilusión de la separación, revelando nuestra profunda interconexión con todo lo existente. Entre estos paradigmas existe la abstracción, un reino etéreo donde las formas traen ecos del pasado y, a la vez, hacen señas a futuros ignotos. Esta abstracción a través del arte es la que nos posibilita soñar con nuevos futuros.
¿Qué te interesa explorar en esa frontera entre el ser humano, la materia y el paisaje?
De la física cuántica, heredamos la teoría de las supercuerdas y el concepto de dimensiones de bolsillo: mundos dentro de mundos. Desde el microsopio hasta el LiDAR, de la escala micro a la macro, la tecnología nos permite vislumbrar reinos antes invisibles. Estas dimensiones tangibles de escala expanden nuestra percepción más allá de los sentidos humanos y revela realidades que se encuentran más allá de nuestra capacidad de aprehensión.
Entonces, la realidad deja de ser algo fijo. Es algo estratificado, relacional, vivo. La luz, el agua y el fuego –fuerzas esenciales de la vida- han sido siempre empleados como metáforas de creación y transformación. El agua da vida y trae la muerte. El fuego calienta, protege, destruye y transforma. El humo vaga hacia mundos invisibles. Estos elementos forman la interfaz entre realidades físicas y espirituales, son espejos entre los mundos.
La propia mente es uno de esos espejos. La consciencia genera y responde a realidades que están más allá de la experiencia cotidiana, transformando pensamientos en imágenes, objetos, rituales y mitos. Este impulso para remodelar la realidad a través de la creencia, el símbolo y el relato es fundamental para el comportamiento humano. El homo sapiens es asimismo homo religiosus.
Se ha podido observar a chimpancés, nuestro antepasado más próximo, guardando piedras en árboles huecos en lo que pueden considerarse actos proto-rituales. Hacen danzas bajo la lluvia, quedan absortos frente al fuego. El impulso sagrado nos antecede.
No vivimos fuera de la naturaleza, sino dentro de ella. No somos observadores de la realidad, sino participantes de ella.
Y la pregunta sigue siendo: ¿podemos recordar cómo volver a vivir siendo otra vez parte del ciclo?
Mitológico
Dices que «las tallas totémicas de fresno, secuoya y roble sacan a la luz formas arquetípicas del inconsciente, y sus formas chamánicas sugieren la perdurabilidad de lo mitológico como la sabiduría acumulada de generaciones». ¿Sientes de esta manera que tus esculturas recuperan esta dimensión ritual acumulada en generaciones para hacer vivir una experiencia mística al espectador?
La escultura se vuelve una forma de sostener simultáneamente el tiempo, la ecología, el mito, el trauma y la esperanza. La madera, un material arcaico, ancla el trabajo en lo hondo del tiempo. La abstracción le permite mantenerse abierto, sin resolver, vivo.
El artista siempre está a merced del subconsciente. Lo que no puede ser verbalizado emerge a través de la forma. El subconsciente habla sin palabras.
La tecnología complica ahora esta relación. Ahora, en muchos sentidos, somos post-humanos.
Esta ha sido parte del problema, pero ¿es posible que pueda ser empleada para solucionarlo?
Drones, reconocimiento facial, inteligencia artificial…Mal empleadas, estas tecnologías pueden erradicar poblaciones enteras. Y, sin embargo, esta misma tecnología es la que nos permite ver mundos invisibles.
De la física cuántica hemos heredado la idea de las dimensiones de bolsillo: los mundos que están dentro de mundos.
Del arte heredamos la capacidad de imaginarlos.
La abstracción no significa retirada. Significa vincularse en una frecuencia más profunda.
Siguiendo la línea de la pregunta anterior, ¿dirías que los materiales que utilizas encarnan saberes concretos de distintas tradiciones? ¿En qué te basas a la hora de seleccionar cada material para dar forma a tus piezas?
Los objetos en sí devienen recipientes del mito. Objetos de poder, como hachas, cruces y piedras, están imbuidos de una significación que va mucho más allá de su forma material. Las hojas de hacha neolíticas no eran solo herramientas, eran también un objeto sagrado. Con frecuencia se han hallado enterrados en humedales, en los límites entre territorios, envueltos en ataduras rituales, transmitidos como reliquias…Eran objetos portadores de la memoria y la autoridad ancestral. En iglesias de toda Europa encontramos “Green Men” y “Green Women”, vestigios de un pretérito culto a los árboles que se mantuvo en la iconografía cristiana. Las Sheela-na-gigs, aunque menos habituales, siguen siendo poderosos símbolos apotropaicos y de fertilidad.
¿Qué relación reconoces entre lo ancestral y lo contemporáneo en tu trabajo?
La teoría del universo bloque, propuesta por C. D. Broad en 1923 y actualmente postulada por Michael Tooley y Peter Forrest, sostiene que el tiempo no es lineal y que el pasado, el presente y el futuro coexisten simultáneamente. “Ahora” no es más que una posición arbitraria dentro de una estructura temporal completa. De ser esto cierto, los hongos que dispusieron los fundamentos para que se desarrollara la vida sobre la tierra hace miles de millones de años, la primera piedra transformada en herramienta, el primer ritual y el último, el último ser humano en el espacio…todo ello está presente y reverberando aquí y ahora. Muchos de nosotros comprendemos esto instintivamente a través de los lugares sagrados, esos lugares que llevan visitándose milenios y que poseen una resonancia particular, como si en ellos el tiempo estuviera plegado en un solo instante. Quizá, todas las personas que han pasado por ellos han dejado allí restos de ellos mismos, creando un espacio que deviene sentiente a través del inconsciente colectivo.
El futurismo ancestral emerge de esta comprensión. Es un mundo donde la ciencia-ficción rápidamente se convierte en dato científico, debemos fijarnos en las numerosas tradiciones del pasado y aprender de nuestros ancestros, si lo que queremos es construir un futuro sostenible.
Espectador
¿Qué te interesa que se cuestione el espectador al estar frente a tus obras?
La mente genera imágenes de mundos más allá de la naturaleza y, a través de la creencia, el ritual y la creación de objetos, hacemos que esos mundos moldeen la vida cotidiana.
Como antes he dicho, esto es propio de los seres humanos desde su origen. Somos homo sapiens y homo religiosus. Creamos relatos, imágenes, objetos y rituales para aliviar la ansiedad, forjar significado y mantener unidas a las comunidades.
No son delirios ni ilusiones. Es supervivencia.
La mitología y la superstición no son algo opuesto a la razón. Son formas paralelas de inteligencia. El hacha que simbolizaba el trueno, la cabeza decapitada portadora de la profecía, el hongo que abría la percepción…todas ellas eran tecnologías de comprensión. El futurismo antiguo nos pide recordar todo esto, pero sin idealizarlo. Nos pide integrar sabiduría ancestral y conocimiento moderno, pero no como nostalgia, sino como necesidad. El futuro no puede ser construido sin memoria.
Retomando la naturaleza, ¿Cuándo creas una obra quieres que funcione como mediadora entre la naturaleza y el ser humano? De alguna manera intentándolo reconectar con el medio ambiente.
No hemos heredado el mundo tal y como debiera haber sido, sino como es. No heredamos los pecados de nuestros antepasados, pero sí las consecuencias de estos. Por eso, hemos heredado ecosistemas heridos, sistemas fracturados, traumas no resueltos y mitos no cuestionados. Lo que decidamos hacer con esa herencia determinará si hay algún futuro para nosotros.
Suele decirse que el curso de la historia tiende a inclinarse hacia la justicia. No obstante, no lo hace por sí solo. Se inclina solo cuando las personas tienen la fuerza suficiente para ver con claridad y el coraje necesario para actuar. Vivimos entre los vestigios de los dioses. Habitamos sistemas construidos sobre la extracción, el dominio y el espejismo. Hemos tomado el crecimiento por progreso, la acumulación por valor, la conveniencia por sabiduría. Hemos equiparado capacidad tecnológica con madurez moral.
Y, sin embargo, todo lo que necesitamos para sobrevivir ya existe. Así nos lo muestran las culturas indígenas, los hongos, los insectos, los bosques… La reciprocidad, la diversidad, la cooperación y la moderación no son ideales: son estrategias de supervivencia que han ido refinándose a lo largo de millones de años.
La obsesión por el control nos ha llevado al límite: una agricultura sin biodiversidad, una tecnología sin ética, una cultura hueca, un trauma sin reconocimiento. La negación, la falta de consciencia, se ha transformado en la política de acción.
Ese estado de negación es la fuerza más venenosa de todas. Corroe en silencio, manifestándose como ira, violencia, represión y derrumbe. El trauma inadvertido se transmite de forma inconsciente entre las familias, las naciones, las especies. La sanación exige valentía: la valentía de sentir las heridas en lugar de eludirlas, la valentía de llorar por lo que se ha perdido, la valentía de tomar conciencia de los patrones e interrumpirlos.
La valentía de autoexaminarnos honestamente antes de seguir transmitiendo el daño. Esto no es algo fácil. Es doloroso, pero necesario.
¿Qué papel quieres que tenga el espectador cuando se enfrenta a tus obras?
La abstracción existe en el espacio que hay entre animismo y ciencia. No es una evasión del significado, sino una condensación de este. Las formas surgen no como ilustraciones sino como residuos, como estelas de impresiones de fuerzas que actúan a través del subconsciente, la memoria, el sueño y el instinto.
En una reflexión acerca de esa comprensión del espacio que compartía con el escultor Eduardo Chillida, Martin Heidegger escribió en su ensayo de 1969 “Die Kunst und der Raum”: “Tendríamos que aprender a reconocer que las cosas en sí mismas son lugares y que no pertenecen meramente a los lugares”.
Cierre
¿Qué te interesa que permanezca todavía incierto o abierto en tu trabajo? ¿Plantearías incluso que después de la experiencia de tus obras el espectador siga reflexionando sobre ellas?
Las formas presentes en mi obra son composiciones de fuerzas que existen en la mente y los sueños, que emergen consciente o inconscientemente durante el proceso de creación. Círculos, triángulos, cuadrados, formas orgánicas irregulares, elementos naturales –como agua, fuego, aire, tierra, éter-, sustancias líquidas o sólidas, calientes o frías, duras o blandas. Todo ello es reconstruido, formando un reino imaginado donde el macrocosmos y un microcosmos en disolución se unen en el deambular de un alma libre e independiente.
¿Qué te gustaría seguir explorando en la relación entre arte y ecología?
El mito no es ficción. Es un lenguaje anterior a la historia, una forma de codificar el conocimiento previo a la escritura, un método para comprender el mundo a través del símbolo, el ritual y la repetición. Las mismas formas aparecen y reaparecen.
El Árbol de la Vida es uno de los arquetipos más perdurables. Aparece en diferentes religiones, mitologías y filosofías como una estructura cósmica que conecta el Cielo, la Tierra y el Inframundo. Jung creía que mitos y sueños eran expresiones del inconsciente colectivo, ideas fundamentales inscritas en el interior de la propia humanidad, sea a través de la evolución o quizá como herencia espiritual.
El Árbol de la Vida está presente en la antigua Mesopotamia y el antiguo Irán, en Urartu, en el budismo, en las mitologías china y nórdica, el cristianismo, el hinduismo, el judaísmo, el paganismo germánico, la religión maya, las tradiciones de los nativos de Norte América, las creencias túrquicas, y en muchos otros. En la mitología nórdica aparece como Yggdrasil, el árbol del mundo, a menudo descrito como un tejo o un fresno, cuyas raíces sostienen todos los reinos de la existencia. Las tribus germánicas veneraban árboles sagrados, como el roble de Thor, y los druidas veneraban los bosques, a los que consideraban templos vivientes.
En las cosmologías mesoamericanas, los árboles del mundo encarnaban los cuatro puntos cardinales, formando un axis mundi simbólico, que también conectaba Cielo, Tierra e Inframundo. Son formas que aparecen de manera recurrente en el arte maya, azteca, olmeca, mixteca e izapa. Por su parte, el árbol de la vida asirio es representado como una serie de nodos y líneas entrecruzadas y a menudo está flanqueado por genios alados que lo bendicen con cubos y conos, símbolos de fertilización y renovación.
¿Qué papel crees que puede tener hoy el arte en nuestra conciencia ecológica?
Somos transhumanistas desde muy antiguo. Mucho antes de que esa palabra existiese, el impulso ya estaba ahí. Desde la primera lanza endurecida con el fuego hasta la capacidad de volar, desde el lenguaje hasta las máquinas, los humanos siempre han tratado de trascender sus limitaciones. El deseo de adquirir nuevas capacidades es tan antiguo como nuestra propia especie.
Es posible que el propio lenguaje haya evolucionado a partir de la fabricación de herramientas. Investigadores como Michael Corballis y Terrence Deacon plantean que los primeros humanos desarrollaron el lenguaje para coordinar la realización de tareas complejas, sincronizar esfuerzos, planificar y construir de manera colectiva. Las regiones neuronales que intervienen en el lenguaje están profundamente entrelazadas con las utilizadas para concebir herramientas y ejecutar su uso.
Pensamiento, habla y tecnología co-evolucionaron.
La tecnología siempre ha sido recibida de manera ambivalente. Los antiguos griegos abordaron esta tensión a través del mito. Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres, mejorando así para siempre la condición de la vida humana. Sin embargo, fue castigado por cometer esta transgresión. Dédalo empleó el ingenio y no la magia para amplificar las capacidades humanas, pero ignoró los límites: voló demasiado cerca del sol, y eso lo abocó al desastre.
La hybris es la advertencia presente en todos los mitos tecnológicos. Los antiguos estaban convencidos de que algunas ambiciones exigen un precio muy alto.
Hoy, la escala de nuestras herramientas ha sobrepasado la velocidad de nuestra sabiduría. La inteligencia artificial, los drones, el reconocimiento facial y la vigilancia de datos otorgan un poder sin precedentes. Mediante el empleo de datos procedentes de las redes sociales y armas automatizadas sería posible dirigir ataques contra poblaciones concretas, en función de etnia, género o creencias. La tecnología no nos ha hecho más éticos; ha amplificado indiscriminadamente todos los valores de los que ya somos portadores.
A la vez, la tecnología nos revela mundos invisibles. Como antes decía, desde lo micro y lo macro, ahora podemos percibir realidades que antes eran inaccesibles a los sentidos humanos. Los satélites nos muestran sistemas planetarios; los microscopios nos revelan universos celulares. Son revelaciones que pueden inspirar en nosotros tanto humildad como ansias de dominación.
Este es un punto donde convergen física y espiritualidad. Ambas tratan de comprender la realidad, ambas reconocen la interconexión. El efecto observador sugiere que la propia observación altera el resultado, y esta es una intuición que ya reflejan las tradiciones espirituales: la conciencia moldea la realidad. David Bohm escribió que la ilusión de separación conduce directamente al conflicto y la crisis. Thich Nhat Hanh nos recuerda que la ola y el agua no son entidades separadas, sino manifestaciones de la misma cosa. En este sentido, la pansentiencia no es una fantasía, sino una postura ética. La inteligencia no se limita a lo humano. Existe en sistemas, redes y relaciones.













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